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miércoles, 1 de julio de 2020

TOC TOC ¿Quién es? Somos nosotros, nos dicen Coronavirus

TOC TOC

 

¿Quién es?

 

Somos nosotros, nos dicen Coronavirus


 

 

Llevaba siete días de cuarentena en perfecta armonía. Sabía que iba a sobrevivir, que tenía algo a favor: su templanza; pero tenía algo más que eso, lo que en el mundo de “antes” podría haber sido visto como un problema o una obsesión, en este caso era algo que le jugaba a su favor: su TOC.

No salía de su casa desde que habían decretado la cuarentena obligatoria. Se había abastecido y calculaba todas sus provisiones de manera tal que pudieran alcanzarle al menos durante una semana, puesto que nadie sabía en qué momento se levantaría la cuarentena. Para eso combinaba los alimentos estratégicamente. La idea era que le resultaran útiles, así que los guardaba y empaquetaba prolijamente, les daba prioridades. Jamás había podido llegar a semejante meticulosidad con su nutricionista.

Vivía sola en su departamento. Su único contacto desde entonces con el mundo exterior había sido la televisión, internet, las redes sociales, y sus ventanas que daban a la avenida Corrientes.

Su TOC era un mal necesario en este momento, lavarse las manos hasta hacerlas sangrar, había sido su verdadera desgracia en el mundo de “antes”. Aunque ahora pensaba que esa monstruosidad resultaba positiva.

El momento de mayor tensión durante esos días había sido cada vez que tenía que sacar la basura fuera de su departamento. Y eso que no tenía que bajar ni acercarse a un cuarto del pasillo de su piso. Simplemente tenía que abrir la puerta alrededor de las seis de la tarde y dejar la bolsa en el suelo justo al lado de su puerta. Para eso se ponía el barbijo y los guantes, por si acaso, por las dudas, por prevención. Extendía su mano casi sin asomar la cara y dejaba la pequeña bolsa en el suelo.

 

Pero al séptimo día algo ocurrió: se quedó sin provisiones. Entonces tuvo que salir a la calle a comprar al supermercado de abajo. Para eso se cubrió con su barbijo y una capucha, a pesar de que hacía treinta grados de temperatura. Se puso los guantes y ropa vieja, para tirarla una vez que volviera.

Bajó y alguien intentó saludarla; era el portero. Ella huyó como si se tratara de un asesino. Entró al supermercado; llevaba gafas oscuras. Miraba a las personas con desconfianza; todo el mundo le parecía sospechoso. Sudó como nunca antes en su vida. Sentía que el virus estaba por todas partes.

Salió del supermercado y, al llegar a la puerta de su casa, la abrió torpemente. Había dejado preparado unos trapos de piso húmedos y repletos de lavandina antes de salir, tres en la puerta de afuera y tres del lado de adentro. Se limpió la suela de los zapatos en el trapo del medio de afuera al tiempo que apoyaba las bolsas en ambos trapos a sus costados. Abrió la puerta. Había dejado preparada una bolsa de consorcio abierta en la que dejaría la ropa, arrojó allí los zapatos y se sacó la camperita, también la arrojó a la bolsa de consorcio, metió las bolsas del supermercado adentro de su casa, cerró la puerta empujándola con el dedo gordo del pie.

Se quitó la remera y el pantalón, el barbijo y los guantes. Todo estaba adentro de la bolsa de consorcio. Quedó en bombacha. Echó Lisoform a las bolsas, se puso otro par de guantes, sacó los productos de las bolsas al tiempo que los rociaba con Lisoform. Cerró la bolsa de consorcio y la sacó al pasillo, esa sería la basura del día. Luego, tomó un trapo con lavandina y lavó cuidadosamente cada producto. Los guardó en su lugar correspondiente y una vez que terminó todo corrió a ducharse al baño.

 

Yo estuve observando todo desde el estrecho espacio entre la puerta y el piso. Inmediatamente llamé a una legión para que se acercara, no sin antes advertirles del trapo de piso con lavandina. Pudimos pasar sin ningún inconveniente, ni uno solo de nosotros lo tocó. Ya estábamos en el edificio desde hacía días, pero íbamos a atacar todos juntos a la vez.

Cuando ella salió del baño fue el momento justo para atacar. Vimos que sus manos sangraban, fuimos directo a ellas. Nos bañamos en su sangre mientras ella intentaba curarse las heridas con gasas, pero sin alcohol, ya que eso le ardería demasiado.

En poco tiempo la dominamos por completo, no solo a ella sino a todo el edificio. Habíamos llegado desde Italia, pero no como sus bisabuelos que habían tenido que viajar en barco. Nosotros viajamos más “rápidamente” y “cómodamente”. Es más, viajamos en primera clase. Ahora íbamos a seguir ese proceso de inmigración que años antes habían comenzado otras bacterias; pero en este caso, la destrucción iba a ser de una vez y para siempre. Nada de invasiones ni de conquistas, lo nuestro era epidemia.

 

Yo supe enseguida que me había contagiado; me di cuenta por la tos, la fiebre, los dolores musculares y los calambres. No iba a volver a salir a la calle y no iba a ir al médico,  porque no quería sentirme peor de lo que me sentía, rodeada de enfermos. Abrí el balcón y me arrojé desde el séptimo piso, directo a la solitaria avenida Corrientes. Grité como loca mientras caía, estaba horrorizada porque al empujarme de la baranda del balcón las manos me habían quedado sucias. 


Jorge Darget
Publicado en El Diario Regional de Pilar, el 21 de julio de 2020

lunes, 4 de mayo de 2020

El gallo canta tres veces antes de matar



El gallo canta tres veces antes de matar

Y vi que el gallo miraba curiosamente en derredor,
volviendo a nacer a la sorpresa calma de la vida,
después de un delirio que lo había poseído, tal vez a pesar suyo,
como un irresistible mandato de raza.

Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra


El hecho sucedió en Navarro, aunque lo mismo podría haber sucedido en Asia, ese mismo día, por la noche, aquel domingo festivo. Había amontonamiento de paisanos por todas partes y el alcohol sobraba. Las jaulas estaban sucias, llenas de excremento de gallos. El excremento se mezclaba con la tierra, con la sangre y con los paisanos. Cuando los pesaron, la casualidad del empate se debió a que, ese día por la mañana, Anselmo le había arrancado unas cuantas plumas a la hora de meterlo en la jaula, puesto que el gallo no quería moverse y, solo por la fuerza, su dueño consiguió meterlo en esa prisión que antecede a la muerte.
El juez tenía cara de galleta de campo, redonda y deforme, llena de surcos y de pozos como una calle de tierra arruinada por el paso de las carretas. Se acordaron las condiciones de la pelea. Los paisanos hicieron sus apuestas y la riña comenzó.
Para aquellos hombres iban cuarenta minutos de batalla, pero para esos gallos, aquel tiempo era una eternidad. Se miraron como pidiéndose disculpas, el destino los obligaba a matar. Durante unos instantes, sus cuerpos se recostaron el uno sobre el otro, cada uno trató de sentir los latidos del corazón de su oponente, estaban exhaustos. Pero luego de ese momento, el esclavo de Anselmo atacó consciente, en una especie de lucha por supervivencia del más fuerte. Su pico se transformó en el antecedente de la picana eléctrica, y con su arma letal, torturó a su enemigo una y otra vez. La víctima se retorcía, aleteaba, despedía sangre coagulada, enloquecía de dolor, mientras el asesino espantado ante tanto sufrimiento se dio cuenta de que tenía que parar. Se dio cuenta de que lo que tenía enfrente ya no era un ser vivo, sino más bien un cadáver que yacía tirado sin ningún rastro de vida.
Sonó la campanilla.  
Al volver a su casa, Anselmo se acostó en su cama y se quedó mirando un libro del que apenas podía deletrear el título -Fa-cun-do
Después de este esfuerzo sobrehumano, se echó a dormir. Pasadas unas horas se escuchó el canto del gallo tres veces…
Anselmo se acercó al gallinero para darle de beber al gallo, pero cuando entró, solo encontró a las gallinas y algunos huevos desparramados. Anselmo se preguntaba dónde diablos se había metido el gallo. Lo buscó con desesperación. Pensó en una venganza por parte de sus adversarios. Quizás se lo habían robado. Pero, en ese mismo momento, escuchó una voz ronca que lo llamó por detrás de su espalda:
Anselmo dijo la voz.
Al darse vuelta, Anselmo miró espantado al gallo que lo miraba con ojos de fuego. Los dos se miraron. Anselmo se dio cuenta de que era la misma mirada que el gallo siempre ponía antes de matar a su adversario. Entonces, sin ningún tipo de explicación racional, el gallo lo comenzó a acorralar como a una presa. Anselmo alcanzó a pegar unas patadas y manotazos. Sintió que el gallo había aumentado de tamaño unas tres veces, pero en la desesperación solo alcanzó a taparse los ojos, mientras sentía el dolor de las garras de acero del gallo que despedazaba su carne y el pico que se clavaba como un hacha en su cuerpo rompiéndole los huesos. Sus brazos se derrumbaron y lo último que Anselmo pudo ver fue el pico del gallo entrar y salir de sus ojos, una y otra vez.
Cuentan que a partir de ese día, el gallo siempre se aparece en las riñas como reclamando su paga; pero al no conseguirla, se va hasta el cementerio del pueblo, donde yace el cuerpo de su antiguo dueño; y allí, se para arriba de su epitafio y canta tres veces en posición de héroe mitológico como festejando su victoria.