lunes, 26 de abril de 2021

Mientras tanto… en Argentina

 Mientras tanto… en Argentina




Mientras en Estados Unidos entierran sus muertos

en fosas comunes en la isla de Hart...

en Argentina hay un joven enojado

porque no puede ir al boliche





Mientras en Ecuador la muerte anda suelta por sus calles

y los cadáveres reposan en la vía pública...

en Argentina hay una señora coqueta que protesta

con su cacerola porque se siente presa domiciliaria





Mientras en la India prenden fuego cadáveres,

huesos que arden en brasas cual holocausto...

en Argentina discutimos sobre presencialidad

en las escuelas ¿abiertas o cerradas?






lunes, 15 de febrero de 2021

14 de febrero

 14 de febrero





Humedad, llovizna y sol. Mis pasos pesan en la liviana vereda. Vengo por Acuña de Figueroa. Cruzo Corrientes y Córdoba. Cruzo la plaza, llego a las cortadas y a las diagonales. Ya estoy cerca de Plaza Italia. 

Y entonces… Debería escribirte un mensaje o llamarte para preguntarte si al final nos vemos. Pero no. Suena imprudente y a desesperación. Con qué necesidad. Si lo nuestro ya terminó. Un corte es un corte. No hay vuelta atrás. A solo que quiera volver a sufrir. A solo que te guste llorar. Arrepentirte una vez más. No. No. No. 


Llego a Plaza Italia y se larga una suave llovizna torrencial. Estoy mojado. La lluvia brilla entre los rayos del sol que la pone en evidencia. La ciudad es la escenografía perfecta para un beso de amor. Para un reencuentro. Pero me niego a satisfacer mis instintos más bajos. Los del amor. La ciudad es una postal para el día de los enamorados. Pero me resisto a ser parte de ella; prefiero mirarla de soslayo. 


¡Ahí vino el bondi! Me re fui. Me subí. Soy un cartón mojado. ¿Fue la lluvia o son lágrimas? No puedo distinguir. Yo no lloro. Solo me mojo. Y miro por la ventanilla. La ciudad se ha vuelto gris. Solo un transeúnte cruza la calle inundada como un río. El transeúnte parece hundirse en la corriente. La ciudad va a tragarlo. ¿Nadie se da cuenta?


De repente sube un pasajero. Se sienta a mi lado. Su perfume lo inunda todo. Aunque no va bien vestido, está bien arreglado. Su celular es una extensión de su cuerpo. Ni siquiera observa lo que pasa a su alrededor. Está hundido, la pantalla parece que va a tragarlo. Entonces me acuerdo del transeúnte y me acuerdo de mí. 

Ahora espío la pantalla y veo que este hombre chatea con una mujer. Ella le dice que tienen reserva a las 21:30. En Kansas. ¡Qué clisé! Cenar el día de San Valentín en Kansas. Un restaurante caro, espléndido. Ya deben estar todas las reservas cubiertas de tanta gente clisé.    

Después le dedica un posteo en Instagram. Una foto de los dos con un filtro que los hace perfectos. Y un mensaje cursi: “El amor es más fuerte”. Eso ya lo sabemos. ¿Hay necesidad de decirlo? Y sí. Es que la gente se ama. Pero, ¿hay necesidad de repetirlo? Claro, porque la gente necesita decir las cosas que siente, y más o menos la mayoría siempre sentimos las mismas cosas. Pero yo siento que lo que siento solo yo lo siento, así, de esta manera, porque es algo especial. 

Y después de subir el posteo, revisa quién vio el estado. ¿Eso importa? ¿Eso es el amor? ¿El amor es demostrarle a nuestros seguidores que estamos enamorados? ¿O es amarnos en silencio? En secreto. ¿Hay que demostrarle al mundo que estamos locos de amor? ¿Muertos de amor? Como si el mundo fuera un grupito de cientos o miles de seguidores. No. No. No. 

¿Sabés cuántos somos en el mundo? Miles de millones. ¿Qué te creés? ¿Que sos el único que está enamorado? ¿Que sos el único que tiene a alguien para amar? ¿Que sos el único al que lo aman?  


Y entonces, decido escribirle. Y me contesta. Y lo que me dice es que no está en la ciudad. Y me reprocho haber escrito el mensaje. Y me quedo en el asiento del bondi como si fuera un animal enjaulado. Y miro por la ventana. Y veo a una parejita callejera sentada en la puerta de entrada de una casa de la avenida Cabildo. Y solo es una fracción de segundo, porque el bondi pasa rápido. 


Pero los vi. Juntos. Unidos. Se estaban tomando un tinto en caja. Sin perfumes, sin celulares. Sin reserva en un restaurante caro. Esa es la mejor escena de amor que vi en este día de los enamorados. 


Jorge Darget


viernes, 29 de enero de 2021

EL AMOR DUELE


 


 EL AMOR DUELE


Duele en un paseo por alguna vereda del sur 

a cada paso, entre montañas, cruje la nieve

y el frío envuelve la cara

nariz roja, orejas heladas y mejillas rosadas

las manos dentro de los bolsillos


El amor duele, duele el amor


En un paseo por alguna playa del Caribe

y cada ola, bajo el sol, estalla entre las rocas

y la cálida brisa envuelve el torso desnudo

brazos dorados, piernas tostadas y espalda tibia

las manos estrujan la arena caliente


El amor duele, duele


En un paseo por la selva amazónica

en cada gota, cuando las nubes en el cielo revientan 

y las hojas envuelven el cuerpo asustado 

el rostro mojado y los pies descalzos

las manos suplican llenas de barro


Que no duela más el amor, 

que no duela




IMAGEN: ALDANA FALCÓN ROJAS 

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

El loco se ha vuelto mundo


 

Aves pastando el suelo

Las vacas salen de su hormiguero

El mundo se ha vuelto loco

Lo miran los ojos del ciego

 

La cresta de la oruga se encorva

Las garras de la serpiente resbalan

El mundo se ha vuelto loco

Lo palpan los dedos del manco

 

Una mariposa sale del huevo

Un mono me zumba al oído

El mundo se ha vuelto loco

Lo huele mi nariz sin agujeros




IMAGEN: ALDANA FALCÓN ROJAS 

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lunes, 31 de agosto de 2020

Aquel frío


Aquel frío


Hay un frío que duerme en las noches

Debajo de almohadas de hielo

Tapado entre negros algodones

Tiritando escarchas de invierno

Y nadie lo oye pues está dormido

Apenas lo viste la oscura noche

Y tras gemidos mis oídos

Lo perciben entre el rocío

Que muerto de miedo

Sueña entre aullidos

Son los días que pasan

Aquel frío

Son los días que se fueron

Aquel frío

Son los días que vendrán

Aquel frío



miércoles, 1 de julio de 2020

TOC TOC ¿Quién es? Somos nosotros, nos dicen Coronavirus

TOC TOC

 

¿Quién es?

 

Somos nosotros, nos dicen Coronavirus


 

 

Llevaba siete días de cuarentena en perfecta armonía. Sabía que iba a sobrevivir, que tenía algo a favor: su templanza; pero tenía algo más que eso, lo que en el mundo de “antes” podría haber sido visto como un problema o una obsesión, en este caso era algo que le jugaba a su favor: su TOC.

No salía de su casa desde que habían decretado la cuarentena obligatoria. Se había abastecido y calculaba todas sus provisiones de manera tal que pudieran alcanzarle al menos durante una semana, puesto que nadie sabía en qué momento se levantaría la cuarentena. Para eso combinaba los alimentos estratégicamente. La idea era que le resultaran útiles, así que los guardaba y empaquetaba prolijamente, les daba prioridades. Jamás había podido llegar a semejante meticulosidad con su nutricionista.

Vivía sola en su departamento. Su único contacto desde entonces con el mundo exterior había sido la televisión, internet, las redes sociales, y sus ventanas que daban a la avenida Corrientes.

Su TOC era un mal necesario en este momento, lavarse las manos hasta hacerlas sangrar, había sido su verdadera desgracia en el mundo de “antes”. Aunque ahora pensaba que esa monstruosidad resultaba positiva.

El momento de mayor tensión durante esos días había sido cada vez que tenía que sacar la basura fuera de su departamento. Y eso que no tenía que bajar ni acercarse a un cuarto del pasillo de su piso. Simplemente tenía que abrir la puerta alrededor de las seis de la tarde y dejar la bolsa en el suelo justo al lado de su puerta. Para eso se ponía el barbijo y los guantes, por si acaso, por las dudas, por prevención. Extendía su mano casi sin asomar la cara y dejaba la pequeña bolsa en el suelo.

 

Pero al séptimo día algo ocurrió: se quedó sin provisiones. Entonces tuvo que salir a la calle a comprar al supermercado de abajo. Para eso se cubrió con su barbijo y una capucha, a pesar de que hacía treinta grados de temperatura. Se puso los guantes y ropa vieja, para tirarla una vez que volviera.

Bajó y alguien intentó saludarla; era el portero. Ella huyó como si se tratara de un asesino. Entró al supermercado; llevaba gafas oscuras. Miraba a las personas con desconfianza; todo el mundo le parecía sospechoso. Sudó como nunca antes en su vida. Sentía que el virus estaba por todas partes.

Salió del supermercado y, al llegar a la puerta de su casa, la abrió torpemente. Había dejado preparado unos trapos de piso húmedos y repletos de lavandina antes de salir, tres en la puerta de afuera y tres del lado de adentro. Se limpió la suela de los zapatos en el trapo del medio de afuera al tiempo que apoyaba las bolsas en ambos trapos a sus costados. Abrió la puerta. Había dejado preparada una bolsa de consorcio abierta en la que dejaría la ropa, arrojó allí los zapatos y se sacó la camperita, también la arrojó a la bolsa de consorcio, metió las bolsas del supermercado adentro de su casa, cerró la puerta empujándola con el dedo gordo del pie.

Se quitó la remera y el pantalón, el barbijo y los guantes. Todo estaba adentro de la bolsa de consorcio. Quedó en bombacha. Echó Lisoform a las bolsas, se puso otro par de guantes, sacó los productos de las bolsas al tiempo que los rociaba con Lisoform. Cerró la bolsa de consorcio y la sacó al pasillo, esa sería la basura del día. Luego, tomó un trapo con lavandina y lavó cuidadosamente cada producto. Los guardó en su lugar correspondiente y una vez que terminó todo corrió a ducharse al baño.

 

Yo estuve observando todo desde el estrecho espacio entre la puerta y el piso. Inmediatamente llamé a una legión para que se acercara, no sin antes advertirles del trapo de piso con lavandina. Pudimos pasar sin ningún inconveniente, ni uno solo de nosotros lo tocó. Ya estábamos en el edificio desde hacía días, pero íbamos a atacar todos juntos a la vez.

Cuando ella salió del baño fue el momento justo para atacar. Vimos que sus manos sangraban, fuimos directo a ellas. Nos bañamos en su sangre mientras ella intentaba curarse las heridas con gasas, pero sin alcohol, ya que eso le ardería demasiado.

En poco tiempo la dominamos por completo, no solo a ella sino a todo el edificio. Habíamos llegado desde Italia, pero no como sus bisabuelos que habían tenido que viajar en barco. Nosotros viajamos más “rápidamente” y “cómodamente”. Es más, viajamos en primera clase. Ahora íbamos a seguir ese proceso de inmigración que años antes habían comenzado otras bacterias; pero en este caso, la destrucción iba a ser de una vez y para siempre. Nada de invasiones ni de conquistas, lo nuestro era epidemia.

 

Yo supe enseguida que me había contagiado; me di cuenta por la tos, la fiebre, los dolores musculares y los calambres. No iba a volver a salir a la calle y no iba a ir al médico,  porque no quería sentirme peor de lo que me sentía, rodeada de enfermos. Abrí el balcón y me arrojé desde el séptimo piso, directo a la solitaria avenida Corrientes. Grité como loca mientras caía, estaba horrorizada porque al empujarme de la baranda del balcón las manos me habían quedado sucias. 


Jorge Darget
Publicado en El Diario Regional de Pilar, el 21 de julio de 2020