miércoles, 22 de julio de 2026

El mundial del diablo

El mundial del diablo 

 Aquel año de 2026, se jugó el mundial que cambió la historia de los mundiales. El más conspirativo de todos, el mundial del diablo. Argentina había sido el ganador del último campeonato de fútbol, y se decía que estaba acabado como equipo, por lo que lo más llamativo de todo fue cuando nuevamente quedó posicionado como una de los equipos más prometedores para llegar a la final. 

 Sin dudas, el momento épico fue el partido entre Argentina e Inglaterra. Comenzó como un partido de rugby, en donde cada jugador parecía querer tumbar a su rival cada vez que se encontraban cuerpo a cuerpo. La pelota parecía una excusa, y se vivieron momentos de mucha tensión. Luego del segundo tiempo, los dos equipos parecieron ponerse de acuerdo para jugar al fútbol, como si se hubieran dado cuenta de que esa era la única forma de ganar, como si recordaran que solo metiendo goles podían ganarle a su rival. Y así fue como Argentina terminó ganando 2 a 1, a pesar de que los ingleses pudieron meter un gol. Al terminar ese partido, los argentinos desplegaron una bandera que les arrojaron del público en la que se reclamaba el territorio de las Islas Malvinas, usurpado ilegalmente por los británicos. 

 Por otra parte, España había eliminado a Francia, por lo que solo le quedaba enfrentarse a Argentina para ganar la Copa del Mundo. Este equipo tenía una gran posibilidad de ganar, pero sabían que los argentinos no iban a ser rivales fáciles de superar. Y así comenzó toda una campaña de difamación, no solo del equipo argentino sino de toda la Argentina. Aparecieron en las redes comentarios de que Argentina estaba acomodada para ganar la final, que era el favorito de la FIFA, y que la AFA estaba entongada, el Chiqui Tapia era el principal responsable, al parecer se había metido en un lío tremendo porque ya lo estaba persiguiendo el FBI por presunto lavado de dinero, y se corrió el rumor de que lo detendrían en el estadio el día de la final. 

 Tanto los influencers como los famosos, comenzaron a hacer circular versiones de que los argentinos eran xenófobos, puesto que no tenían africanos en su equipo. Algo que iba en contra de la canción que la propia Shakira se ocupó de interpretar en la canción oficial: 

 “Aquí no se juzga a nadie cuando se deja la piel” 

 Lo que casi nadie sabía era que justamente la Argentina era una nación en donde todos se habían mezclado, y esa era una de las razones por las cuales la descendencia africana no era tan visible. La causa de semejante campaña de difamación fue la alianza del rey Lions con el rey Trompeta y el rey actual de los judíos, cuyo nombre prefiero no recordar. Así fue que el deporte, la religión y la política, aquello de lo que no se debe hablar en la mesa, fueron la atención durante varios días, en los que se aprovechó para vender buena parte de lo que quedaba del pobre país sudamericano. 

Los mexicanos y los chilenos, fueron los que más aprovecharon para hablar mal de la Argentina. Los argentinos son agrandados y lo único que les interesa es el fútbol, mientras su país se cae a pedazos. Cosas por el estilo decían. 

 Cuando llegó el día de la final, el diablo metió la cola. Primero con la canción: 

 “Cuando el diablo nos mire, tendremos valor” 

 Luego hubo macumbas, congelamientos y sobre todo malas ondas y malas vibras: una Madonna que apareció parada en medio de la cancha como una momia embalsamada del antiguo Egipto; la verdadera Shakira terminó de confirmar que la que había aparecido en la inauguración era una doble; la cara de piedra de Mick Jagger; y el propio rey Trompeta que terminó entregando medallas junto a la nueva Malinche. 

 Argentina perdió, por supuesto, no pudo manejar la pelota con control remoto, que se movía sola al ritmo del reino de España; no pudo contenerse ante la burla de los españoles que habían estado desprestigiando a la selección y a los argentinos por tener un rey de derecha; no pudo hacer más que alargar el partido para agonizar lentamente y dejar que la manipulación y la envidia, que son el propio diablo, les arrebataran la copa.

viernes, 12 de diciembre de 2025

La desaparición de Ichabod

 La desaparición de Ichabod 



“Aunque registraron todo el arroyo, no lograron descubrir el cadáver”. Estas fueron las palabras que escuché de Balt Van Tassel, las cuales me llamaron poderosamente la atención durante la entrevista que tuve con él, al otro día de la desaparición del maestro. Buscaban un cadáver, rechazando categóricamente la posibilidad de que Ichabod todavía siguiera con vida. El viejo fue el primer sospechoso desde que comencé a investigar el caso. Por un lado, porque si se consideraba a Ichabod como pretendiente de su hija, existía la posibilidad de que la mejor manera de alejarlo de ella era la desaparición.

El otro sospechoso era Brom el Huesudo, quien competía con el maestro por el amor de Katrina. Ambos pretendientes reconocían en el otro a un rival y por todo el pueblo ya se murmuraba que el desenlace sería fatal; lo cual era bastante evidente, porque entre el charlatán y el hombre práctico, siempre gana el segundo, puesto que, lo importante en la vida, al fin de cuentas, es lo trascendental. La hipótesis más fuerte era que Brom el Huesudo lo había perseguido haciéndose pasar por el Turco Galopante para alejarlo del pueblo.    

Hans Van Ripper, había sido descartado de mi lista de sospechosos porque lo único que le preocupaba era recuperar su montura. También descarté al viejo Brouwer, quien confesó que mientras narraba su historia había intentado asustar al pedagogo. Pero no había ninguna razón para sospechar de él, puesto que al hombre le gustaba asustar cotidianamente a su audiencia en cada oportunidad que tenía.  

El misterio comenzó a develarse cuando acudí a la escena del crimen y pasé de la deducción a la inducción —más tarde pasaría nuevamente de la inducción a la deducción para finalmente darme cuenta de que son complementarias—. “Los dos pares de camisas y los dos pares de medias” fueron reconocidos como propiedad de Ichabod; se los pudo asociar al desaparecido, porque siempre llevaba puesta la misma muda. Con respecto a “las dos corbatas”, sucedió algo parecido y, como eran negras, pero estaban gastadas, no hubo duda de que ese color grisáceo le pertenecía al maestro. Los “dos o tres pares de calcetines de punto” que estaban agujereados en las puntas y “el par de calzoncillos de corderoy viejos” —nadie podía afirmar con certeza que le pertenecían—, eran los restos de Ichabod; no había dudas. 

¿Pero eso significaba que estaba muerto? ¿Que había sido asesinado? De ninguna manera, puesto que tarde o temprano el cuerpo tenía que aparecer. Por lo tanto, solo había dos opciones: la primera, que Ichabod plantó la escena haciéndose pasar por víctima y terminó huyendo por algún motivo que solo él conocía —o conoce, por el momento—. La segunda, que otra persona plantó la escena para hacer desaparecer a Ichabod, ya sea este un arreglo o a la fuerza. Entre las dos, mi intuición me llevó a decidirme por la segunda, puesto que me costaba imaginar los motivos por los cuales Ichabod querría renunciar a su amada. Para eso hice una larga lista de posibilidades, y de las ciento cuarenta y nueve que se me ocurrieron, ninguna me pareció convincente. La posibilidad del jinete sin cabeza estaba totalmente descartada por una razón muy simple: yo nunca creí en fantasmas. 

Ahora bien, ya que me había decidido por la segunda hipótesis, tenía que recrear el momento de la desaparición de Ichabod. Así, me pareció importante comenzar por recordar que el hecho sucedió a la hora más embrujada de la noche, cuando se oculta el sol y cae la luna. Decididamente, el pedagogo habría sido perseguido por algún espectro, puesto que, aunque se encontraron rastros y huellas de lucha, las mismas solo pertenecían a Ichabod. Como si el hombre hubiera peleado con sus propios miedos. La mayoría de los invitados a la fiesta comentaron que percibieron el temor en los ojos del maestro cuando se contaban las historias más tenebrosas del pueblo. Pero la broma de Brom era imposible, porque como ya dije antes no había huellas. Solo alguien que se confundiera realmente con la noche podría ser capaz de cambiar el destino de Ichabod. Solo alguien que conociera bien el bosque podría haber torcido el rumbo de Ichabod. Y Brom no era el indicado, porque su brutalidad se habría hecho notar. La clave estaba en la perspicacia, algo muy diferente a la inteligencia. Y entonces fue ahí cuando me encaminé a la casa de Balt Van Tassel. 

Llegué de noche, cual jinete, pero con cabeza. Y al acercarme a la casa pude ver que una luz se había encendido y apagado. Me acerqué a la ventana cautelosamente y pude observar, en penumbras, a Katrina besándose apasionadamente con… ¿acaso era una sombra? No, de ninguna manera. Agudicé mi vista y pude percibir al lado del rostro angelical de la dama una cara oscura y lustrosa que ponía los ojos en blanco y abría su boca con una sonrisa de oreja a oreja exhibiendo unos brillantes dientes de marfil. 

El caso estaba resuelto, Katrina con la ayuda de su amante, montaron la escena. Y no solo se encargaron de revivir esa noche la leyenda del jinete, sino que además se ocuparon de borrar todas las huellas y preparar la escena del crimen perfecta. Me acerqué al granero, liberé a Ichabod y le aconsejé que huyera lejos y rehiciera su vida en otra parte, lejos de Sleepy Hollow, porque nadie le creería si contaba la verdad.      

  El resto ya es leyenda. 


Publicado en la 2º Antología de Autores Locales de Pilar 2025







lunes, 1 de agosto de 2022

La traición en los Castillos de arena de Silvia Almada

 

La traición en los Castillos de arena de Silvia Almada

 

Dante condenaba a los traidores al último círculo infernal, al lado de Satán. Allí estaban tres de los mayores traidores de la historia universal: Bruto, Casio y Judas Iscariote. En los tiempos que corren, la traición sigue siendo tema de la literatura, y por supuesto en el plano de lo real. Pero la ficción nos enseña a reflexionar sobre la traición desde lugares renovados y reinventados. 

La traición es un tema recurrente en la narrativa del libro Castillos de arena de la escritora pilarense Silvia Almada. En las narraciones que ocupan la primera parte del mencionado libro, la mayoría de los y las protagonistas de sus historias padecen y/o son responsables de traicionar al otro o a la otra.

La traición, desde un punto de vista moral, llega a convertirse así en el drama de estas historias, esos puntos de conflicto, en el cual se unen cada uno de estos argumentos. Así, en El sillón de Josefina se puede observar a la mujer que traiciona y al hombre traicionado. Las pruebas de la traición aparecen en las cartas que lee el protagonista, haciendo avanzar la historia que termina trágicamente.

En su conferencia “La formas de la traición en la literatura argentina”, Liliana Heker (2017)[i] dice:

“la figura del traidor es monolítica, no tiene fisuras y remite, sin apelación, a lo abominable” (…) “basta acercarse a las formas precisas que toma la traición en cada caso para advertir que, vista de cerca, expande y a veces desdibuja su significado. Ocurre que es una actitud subjetiva por excelencia: tiene un ejecutor y un destinatario, además de un medio social que ve lo que ve y, desde sus convicciones, adhiere a uno o a otro. ¿Quién traiciona, y a quién, y para qué?”

A partir de estas tres preguntas, se puede decir que, en El sillón de Josefina, la que traiciona es Josefina; ella traiciona a Joaquín y lo hace por pasión/amor. Por lo tanto, la pasión/amor se convierte, en este caso, en motor de la traición. 

Pero si en alguna narración se reflexiona puntualmente sobre la traición, esta es La cadena del mejor amigo, en la cual se puede analizar el peligro que esconde el hecho de contarle intimidades a las amistades. Los secretos nunca están bien guardados cuando alguien más los conoce. Por eso la narradora recurre a soluciones como el psicólogo o la confesión cristiana, discursos que serían más seguros a la hora de guardar un secreto. De esta manera se advierte, sobre el peligro de la amistad, ya que “los hombres y las mujeres jamás dejan de anteponer los propios intereses a los ajenos”. El egoísmo, en este caso, podría ser el responsable de la traición. Y es a través de consejos como “toda persona debería ser mejor amiga de sí misma” que se llega a la conclusión de que no hay que confiarle los secretos a nadie. Para esto, se recurre al invento del concepto “mejoramiguismo”, el cual no es “simétrico” sino “transitivo”; dicho concepto es explicado a través de la analogía que guarda una relación de amistad con las “propiedades matemáticas”.

La traición como tema literario en la literatura argentina aparece en el tango, en la gauchesca, y en la narrativa, muy explícita y trabajada especialmente en la borgeana [ii] y en la de Roberto Arlt[iii]. En Borges, la traición es política, pero en Arlt, la traición es humana y, valga la redundancia, una expresión del expresionismo. 

En La pasajera y el ciclista, otro de los cuentos de la autora, la traición no llega a concretarse. Es una posibilidad, pero aunque se presenta como tal, se muestra que es posible no traicionar. El destino cumple un papel fundamental en esta historia, tanto para el protagonista como para la coprotagonista: “Sólo hacía un alto en una plaza del centro, antes de ingresar en la calle que lo llevaría hasta su destino.” El destino del ciclista es encontrarse con la joven, pero este destino se tuerce rápidamente ante la resignación, y de esta manera, la joven también cumple su propio destino: “Ella cruzó a la vereda de enfrente, ascendió al micro y regresó a su destino.” De esta manera, cada uno de los dos personajes sale de una espacialidad, entran a otra y vuelven a salir de esta última para finalmente volver a sus vidas; es la historia de un amor imposible, porque no se han animado a traicionar, de lo contrario sería un amor posible. Por lo tanto, y a diferencia de El sillón de Josefina, el amor también puede ser capaz de ganarle la batalla a la traición.

De esta manera, se puede arribar a la conclusión de que la traición cumple en la narrativa de Castillos de arena distintas posibilidades: puede concretarse, produciendo así un desenlace trágico, en segundo lugar puede ser motivo de reflexión, y por último puede ser evitada para no producir daños a terceros, aunque pagando con el costo de la infelicidad.

 

JORGE DARGET.



[i] Breves - Copyright © LA NACION - URL: "https://www.lanacion.com.ar/920045-breves

[ii] Tema del traidor y del héroe.

[iii] Los siete locos y Los lanzallamas.

sábado, 14 de mayo de 2022

La venganza de la esclavista

 La venganza de la esclavista



Freyre ya nos advirtió sobre la violencia desmedida de esas esclavistas brasileñas; pero yo quise comprobarlo por mi cuenta.  

Cuando viajé a Brasil, lo primero que hice fue averiguar por esas tales “señoras de ingenio”.  

Una negra me contó la historia de sus ancestros: 

“A mí me la contó mi madre”, dijo en un portugués lánguido, “y a ella su madre; y así esta historia fue pasando de boca en boca. Mi negra ancestra fue una de las primeras en vivir en esa época de esclavitud. Vino del África bañada en lágrimas para bañarse en sudores. La llevaron a una de las casas y allí sirvió y sirvió hasta el cansancio a una noble familia portuguesa.  

Por las noches miraba el cielo y cerraba los ojos, trataba de recordar su religión, su música, sus bailes, hasta su lengua; como si cerrando los ojos pudiera escaparse a otra realidad, negando aquella tan triste. 

Durante el día vivía para su ama. Limpiaba, cocinaba, y era ama de leche. Hizo debutar a unos cuantos jovencitos en la familia; todos estaban al tanto de esos asuntos. Pero lo que nadie sospechaba, era que el señor de la casa tenía una predilección por ella. Sus pechos negros lo enloquecían, su boca morada era carne jugosa comparada con los frígidos labios pálidos de su mujer, sus nalgas prominentes lo llevaban por cabalgatas interminables en un desierto mahometano que lo alejaba cada vez más del cristianismo, sus ojos negros le recordaban la inmensidad, la hondura y el misterio de la noche.

Así fue que el pecado se fue concibiendo, poco a poco, en secreto, como deben concebirse los pecados; porque así lo mandaba por aquellos tiempos la iglesia.  

La negra conoció el infierno el día que su ama decidió darse cuenta de lo que estaba sucediendo; ya lo sabía, pero, paradójicamente, decidió blanquear la situación. Primero enfrentó a su marido, le dijo que nunca más volviera a tocarla. ¿A la negra? No, a ella. Luego llegó el momento de vengarse de la negra. ¿Cómo haría para mirarla a los ojos?  

Lo primero que hizo fue encerrarla y atarla en uno de los cuartos vacíos de la gran casa. Le reprochó en su portugués brusco y bien acentuado todo lo que habían hecho por ella. Le recordó los años de servicio y la posición que ocupaba entre todas las esclavas. La negra no podía mirarla a los ojos. Fue ahí cuando se le ocurrió la cruel y terrible venganza: se los arrancó y la dejó agonizando con vida hasta que se murió desangrada.  

Los ojos fueron servidos como cena al señor en la misma noche de la supuesta reconciliación. Aún estaban rodeados de sangre y parecían mirar al hombre como suplicándole ayuda”.  





Cuento publicado en Antología Un viaje por Latinoamérica 2020 del Taller Literario Letras Rabiosas.


Jorge Darget


domingo, 2 de mayo de 2021

El peligro de la literatura

 El peligro de la literatura 




Durante los últimos años hemos visto cómo la literatura se ha instalado en nuestras vidas de una forma muy preocupante. Las estadísticas informan que siete de cada diez personas no pueden realizar casi ninguna tarea del día sin soltar un libro de sus manos. 

La situación es preocupante, puesto que especialistas en el tema han advertido que la dependencia a los libros produce altas dosis de conocimiento sobre cultura general, historia, filosofía, política, etc. 

Además, se ha comprobado que las personas que leen sufren de una empatía extrema a la hora de relacionarse con otras personas, lean estas últimas o no. 

La doctora en psicología, Susan Rogerts, habla de “adicción a los libros” y explica en su último video de su canal de YouTube que la mentalidad abierta es perjudicial para la salud mental y que, de seguir así, la humanidad va camino a un colapso.


“Estamos asistiendo a un cambio radical

que afectará a las futuras generaciones,

cada vez hay más lectores en el mundo

y las formas de pensar están transformando

la cultura a velocidad nunca antes vista” (minuto 33). 


Sin ir más lejos, ayer salimos a la calle a realizar un trabajo de campo y se pudo constatar, tras los resultados, que la gente camina al mismo tiempo que lee. Sí, las personas han desarrollado el hábito de caminar con un libro en la mano sin chocarse con ningún objeto ni con otra persona mientras realizan esta peligrosa actividad intelectual. Pero lo más alarmante son los automóviles, pues las personas que manejan mientras usan el modo “orejas libres” y escuchan audiolibros, podcasts y todo tipo de narraciones orales en sus dispositivos que son un peligro al volante. Por último, la imagen más impresionante se ha visto en un restaurante y retrata a un grupo familiar cenando mientras cada integrante lee su propio libro sin interactuar con el resto. 

Entre los libros más adictivos, se puede mencionar a El origen de las especies, Matar un ruiseñor, 1984, Panorama desde el puente, Beloved, Un mundo feliz, La chicas del campo, La materia oscura, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, El amante de Lady Chatterley, De ratones y hombres, Los derechos del hombre, Los versos satánicos, El guardián entre el centeno, El color púrpura, La uvas de la ira, La metamorfosis, Ulises, Esperando a Godot, La riqueza de las naciones, entre otros miles.   

La situación es preocupante y los gobiernos de distintas partes del mundo están pensando en tomar medidas extremas. Algunas de ellas, basadas en la propia literatura, pues Alemania ya ha comenzado con la “quema de libros” y en Estados Unidos las bibliotecas ya están siendo clausuradas. 

El actual presidente de Finlandia ha dicho que, en su país, los libros ya están prohibidos, de esta manera, la República finlandesa, como siempre a la vanguardia de la educación, ya es un modelo a seguir en todo el mundo.


lunes, 26 de abril de 2021

Mientras tanto… en Argentina

 Mientras tanto… en Argentina




Mientras en Estados Unidos entierran sus muertos

en fosas comunes en la isla de Hart...

en Argentina hay un joven enojado

porque no puede ir al boliche





Mientras en Ecuador la muerte anda suelta por sus calles

y los cadáveres reposan en la vía pública...

en Argentina hay una señora coqueta que protesta

con su cacerola porque se siente presa domiciliaria





Mientras en la India prenden fuego cadáveres,

huesos que arden en brasas cual holocausto...

en Argentina discutimos sobre presencialidad

en las escuelas ¿abiertas o cerradas?






lunes, 15 de febrero de 2021

14 de febrero

 14 de febrero





Humedad, llovizna y sol. Mis pasos pesan en la liviana vereda. Vengo por Acuña de Figueroa. Cruzo Corrientes y Córdoba. Cruzo la plaza, llego a las cortadas y a las diagonales. Ya estoy cerca de Plaza Italia. 

Y entonces… Debería escribirte un mensaje o llamarte para preguntarte si al final nos vemos. Pero no. Suena imprudente y a desesperación. Con qué necesidad. Si lo nuestro ya terminó. Un corte es un corte. No hay vuelta atrás. A solo que quiera volver a sufrir. A solo que te guste llorar. Arrepentirte una vez más. No. No. No. 


Llego a Plaza Italia y se larga una suave llovizna torrencial. Estoy mojado. La lluvia brilla entre los rayos del sol que la pone en evidencia. La ciudad es la escenografía perfecta para un beso de amor. Para un reencuentro. Pero me niego a satisfacer mis instintos más bajos. Los del amor. La ciudad es una postal para el día de los enamorados. Pero me resisto a ser parte de ella; prefiero mirarla de soslayo. 


¡Ahí vino el bondi! Me re fui. Me subí. Soy un cartón mojado. ¿Fue la lluvia o son lágrimas? No puedo distinguir. Yo no lloro. Solo me mojo. Y miro por la ventanilla. La ciudad se ha vuelto gris. Solo un transeúnte cruza la calle inundada como un río. El transeúnte parece hundirse en la corriente. La ciudad va a tragarlo. ¿Nadie se da cuenta?


De repente sube un pasajero. Se sienta a mi lado. Su perfume lo inunda todo. Aunque no va bien vestido, está bien arreglado. Su celular es una extensión de su cuerpo. Ni siquiera observa lo que pasa a su alrededor. Está hundido, la pantalla parece que va a tragarlo. Entonces me acuerdo del transeúnte y me acuerdo de mí. 

Ahora espío la pantalla y veo que este hombre chatea con una mujer. Ella le dice que tienen reserva a las 21:30. En Kansas. ¡Qué clisé! Cenar el día de San Valentín en Kansas. Un restaurante caro, espléndido. Ya deben estar todas las reservas cubiertas de tanta gente clisé.    

Después le dedica un posteo en Instagram. Una foto de los dos con un filtro que los hace perfectos. Y un mensaje cursi: “El amor es más fuerte”. Eso ya lo sabemos. ¿Hay necesidad de decirlo? Y sí. Es que la gente se ama. Pero, ¿hay necesidad de repetirlo? Claro, porque la gente necesita decir las cosas que siente, y más o menos la mayoría siempre sentimos las mismas cosas. Pero yo siento que lo que siento solo yo lo siento, así, de esta manera, porque es algo especial. 

Y después de subir el posteo, revisa quién vio el estado. ¿Eso importa? ¿Eso es el amor? ¿El amor es demostrarle a nuestros seguidores que estamos enamorados? ¿O es amarnos en silencio? En secreto. ¿Hay que demostrarle al mundo que estamos locos de amor? ¿Muertos de amor? Como si el mundo fuera un grupito de cientos o miles de seguidores. No. No. No. 

¿Sabés cuántos somos en el mundo? Miles de millones. ¿Qué te creés? ¿Que sos el único que está enamorado? ¿Que sos el único que tiene a alguien para amar? ¿Que sos el único al que lo aman?  


Y entonces, decido escribirle. Y me contesta. Y lo que me dice es que no está en la ciudad. Y me reprocho haber escrito el mensaje. Y me quedo en el asiento del bondi como si fuera un animal enjaulado. Y miro por la ventana. Y veo a una parejita callejera sentada en la puerta de entrada de una casa de la avenida Cabildo. Y solo es una fracción de segundo, porque el bondi pasa rápido. 


Pero los vi. Juntos. Unidos. Se estaban tomando un tinto en caja. Sin perfumes, sin celulares. Sin reserva en un restaurante caro. Esa es la mejor escena de amor que vi en este día de los enamorados. 


Jorge Darget


viernes, 29 de enero de 2021

EL AMOR DUELE


 


 EL AMOR DUELE


Duele en un paseo por alguna vereda del sur 

a cada paso, entre montañas, cruje la nieve

y el frío envuelve la cara

nariz roja, orejas heladas y mejillas rosadas

las manos dentro de los bolsillos


El amor duele, duele el amor


En un paseo por alguna playa del Caribe

y cada ola, bajo el sol, estalla entre las rocas

y la cálida brisa envuelve el torso desnudo

brazos dorados, piernas tostadas y espalda tibia

las manos estrujan la arena caliente


El amor duele, duele


En un paseo por la selva amazónica

en cada gota, cuando las nubes en el cielo revientan 

y las hojas envuelven el cuerpo asustado 

el rostro mojado y los pies descalzos

las manos suplican llenas de barro


Que no duela más el amor, 

que no duela




IMAGEN: ALDANA FALCÓN ROJAS 

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

El loco se ha vuelto mundo


 

Aves pastando el suelo

Las vacas salen de su hormiguero

El mundo se ha vuelto loco

Lo miran los ojos del ciego

 

La cresta de la oruga se encorva

Las garras de la serpiente resbalan

El mundo se ha vuelto loco

Lo palpan los dedos del manco

 

Una mariposa sale del huevo

Un mono me zumba al oído

El mundo se ha vuelto loco

Lo huele mi nariz sin agujeros




IMAGEN: ALDANA FALCÓN ROJAS 

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lunes, 31 de agosto de 2020

Aquel frío


Aquel frío


Hay un frío que duerme en las noches

Debajo de almohadas de hielo

Tapado entre negros algodones

Tiritando escarchas de invierno

Y nadie lo oye pues está dormido

Apenas lo viste la oscura noche

Y tras gemidos mis oídos

Lo perciben entre el rocío

Que muerto de miedo

Sueña entre aullidos

Son los días que pasan

Aquel frío

Son los días que se fueron

Aquel frío

Son los días que vendrán

Aquel frío



miércoles, 1 de julio de 2020

TOC TOC ¿Quién es? Somos nosotros, nos dicen Coronavirus

TOC TOC

 

¿Quién es?

 

Somos nosotros, nos dicen Coronavirus


 

 

Llevaba siete días de cuarentena en perfecta armonía. Sabía que iba a sobrevivir, que tenía algo a favor: su templanza; pero tenía algo más que eso, lo que en el mundo de “antes” podría haber sido visto como un problema o una obsesión, en este caso era algo que le jugaba a su favor: su TOC.

No salía de su casa desde que habían decretado la cuarentena obligatoria. Se había abastecido y calculaba todas sus provisiones de manera tal que pudieran alcanzarle al menos durante una semana, puesto que nadie sabía en qué momento se levantaría la cuarentena. Para eso combinaba los alimentos estratégicamente. La idea era que le resultaran útiles, así que los guardaba y empaquetaba prolijamente, les daba prioridades. Jamás había podido llegar a semejante meticulosidad con su nutricionista.

Vivía sola en su departamento. Su único contacto desde entonces con el mundo exterior había sido la televisión, internet, las redes sociales, y sus ventanas que daban a la avenida Corrientes.

Su TOC era un mal necesario en este momento, lavarse las manos hasta hacerlas sangrar, había sido su verdadera desgracia en el mundo de “antes”. Aunque ahora pensaba que esa monstruosidad resultaba positiva.

El momento de mayor tensión durante esos días había sido cada vez que tenía que sacar la basura fuera de su departamento. Y eso que no tenía que bajar ni acercarse a un cuarto del pasillo de su piso. Simplemente tenía que abrir la puerta alrededor de las seis de la tarde y dejar la bolsa en el suelo justo al lado de su puerta. Para eso se ponía el barbijo y los guantes, por si acaso, por las dudas, por prevención. Extendía su mano casi sin asomar la cara y dejaba la pequeña bolsa en el suelo.

 

Pero al séptimo día algo ocurrió: se quedó sin provisiones. Entonces tuvo que salir a la calle a comprar al supermercado de abajo. Para eso se cubrió con su barbijo y una capucha, a pesar de que hacía treinta grados de temperatura. Se puso los guantes y ropa vieja, para tirarla una vez que volviera.

Bajó y alguien intentó saludarla; era el portero. Ella huyó como si se tratara de un asesino. Entró al supermercado; llevaba gafas oscuras. Miraba a las personas con desconfianza; todo el mundo le parecía sospechoso. Sudó como nunca antes en su vida. Sentía que el virus estaba por todas partes.

Salió del supermercado y, al llegar a la puerta de su casa, la abrió torpemente. Había dejado preparado unos trapos de piso húmedos y repletos de lavandina antes de salir, tres en la puerta de afuera y tres del lado de adentro. Se limpió la suela de los zapatos en el trapo del medio de afuera al tiempo que apoyaba las bolsas en ambos trapos a sus costados. Abrió la puerta. Había dejado preparada una bolsa de consorcio abierta en la que dejaría la ropa, arrojó allí los zapatos y se sacó la camperita, también la arrojó a la bolsa de consorcio, metió las bolsas del supermercado adentro de su casa, cerró la puerta empujándola con el dedo gordo del pie.

Se quitó la remera y el pantalón, el barbijo y los guantes. Todo estaba adentro de la bolsa de consorcio. Quedó en bombacha. Echó Lisoform a las bolsas, se puso otro par de guantes, sacó los productos de las bolsas al tiempo que los rociaba con Lisoform. Cerró la bolsa de consorcio y la sacó al pasillo, esa sería la basura del día. Luego, tomó un trapo con lavandina y lavó cuidadosamente cada producto. Los guardó en su lugar correspondiente y una vez que terminó todo corrió a ducharse al baño.

 

Yo estuve observando todo desde el estrecho espacio entre la puerta y el piso. Inmediatamente llamé a una legión para que se acercara, no sin antes advertirles del trapo de piso con lavandina. Pudimos pasar sin ningún inconveniente, ni uno solo de nosotros lo tocó. Ya estábamos en el edificio desde hacía días, pero íbamos a atacar todos juntos a la vez.

Cuando ella salió del baño fue el momento justo para atacar. Vimos que sus manos sangraban, fuimos directo a ellas. Nos bañamos en su sangre mientras ella intentaba curarse las heridas con gasas, pero sin alcohol, ya que eso le ardería demasiado.

En poco tiempo la dominamos por completo, no solo a ella sino a todo el edificio. Habíamos llegado desde Italia, pero no como sus bisabuelos que habían tenido que viajar en barco. Nosotros viajamos más “rápidamente” y “cómodamente”. Es más, viajamos en primera clase. Ahora íbamos a seguir ese proceso de inmigración que años antes habían comenzado otras bacterias; pero en este caso, la destrucción iba a ser de una vez y para siempre. Nada de invasiones ni de conquistas, lo nuestro era epidemia.

 

Yo supe enseguida que me había contagiado; me di cuenta por la tos, la fiebre, los dolores musculares y los calambres. No iba a volver a salir a la calle y no iba a ir al médico,  porque no quería sentirme peor de lo que me sentía, rodeada de enfermos. Abrí el balcón y me arrojé desde el séptimo piso, directo a la solitaria avenida Corrientes. Grité como loca mientras caía, estaba horrorizada porque al empujarme de la baranda del balcón las manos me habían quedado sucias. 


Jorge Darget
Publicado en El Diario Regional de Pilar, el 21 de julio de 2020

sábado, 6 de junio de 2020

Un desfile de hormigas en carnaval


Un desfile de hormigas en carnaval

 

Una razón suprema rige todas las cosas:

La razón de la hormiga y el cambio de la luna.

Ezequiel Martínez Estrada

 

Estaba yo sentado en el patio de mi casa, cuando vi de repente pasar a una hormiga con un trocito de pétalo de malvón fucsia que caminaba elegantemente en dirección quién sabe a dónde. Me llamó la atención el contraste de su color negro con su cargamento fucsia y me quedé observándola unos instantes. Inmediatamente vi que detrás de ella venía otra hormiga vestida de verde pasto y me pareció que bailaba, al ritmo del silbido del viento. Me di cuenta en ese momento de que lo que estaba viendo no era un desfile de hormigas que trabajaban sino una comparsa, un carnaval.

Detrás de ellas dos venía un número interminable de hormigas que parecía disfrutar del calor de febrero y de algunas pequeñas gotas que empezaban a caer a su alrededor. Parecía que danzaban y festejaban mientras marchaban por el patio de mi casa. De repente vi que una carroza de pétalos de jazmines se aproximaba muy rápidamente y que desprendía un aroma exquisito con el que todas las hormigas parecían extasiarse. Sus patitas danzaban rítmicamente y movían sus cabezas hacia ambos lados tratando de saludarme y de llamar mi atención. Detrás de la carroza de jazmines, llegaba una nueva fila de hormigas multicolores disfrazadas de alegrías del hogar, cada una llevaba flecos de colores que se mezclaban en una coreografía que creaba círculos que giraban, se comprimían y se volvían a expandir en movimientos meticulosos pero festivos.

A continuación, se veía una hormiga que bailaba arriba de otra y esta otra arriba de otra y así hasta alcanzar una altura de más de cinco centímetros, mantenían un equilibrio sorprendente a pesar del viento que silbaba y las gotas que caían a su alrededor que apenas las salpicaba transformándose en millares de gotas imperceptibles para el ojo humano, pero que yo podía ver.

Me invitaban a bailar, seduciéndome con su ritmo contagioso y vibrante. Yo movía mi pie acompasadamente y veía como disfrutaban de su fiesta interminable. Me saludaban, me sonreían y me tiraban besos. Sus caderas se movían sensualmente y desplegaban una y otra vez caravanas de flores, pétalos, trozos de pastos y palillos con los que tocaban una percusión a un ritmo muy contagioso que jamás había escuchado en mi vida.

Las gotas se volvieron más intensas y vi que las hormigas se desparramaban, se comprimían y descomprimían a la vez que seguían bailando y soportando el viento que se hacía más intenso. Se habían formado charquitos de agua que no las dejaban avanzar, pero ellas los rodeaban, danzaban en sus bordes y chapoteaban mientras cantaban canciones inarticuladas para mi oído. De repente, una hormiga perdió su disfraz, salió volando de ella como si una fuerza poderosa se lo hubiese quitado, luego vi que todas las hormigas estaban perdiendo sus disfraces, que empezaban a correr desesperadas y que huían de la tempestad que se les venía encima.

Las carrozas quedaron destrozadas, la inundación había causado el ahogo de algunas de ellas; solo pocas hormigas lograron escapar. Me quedé mirando el patio, ahora vacío, cubierto de agua, y entonces miré el cielo y comprendí que ante él todos éramos tan inocentes, ignorantes e indefensos que jamás llegaríamos a comprender lo que hay más allá. 

 

“Un apetito que espera la lluvia

Y el paso de las hormigas.”

José Lezama Lima